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Un blanco móvil de Laura Crespi
por Mariano Dorr
El dibujo animado nos enseña que, si hay un asalto, arriba las manos pone en evidencia una amenaza concreta pero quizás oculta, el arma escande su potencialidad aniquiladora al tiempo que es escondida o disimulada, clandestina, en la mano desgraciada, inútil de tan llena, aparatosa, una, mano cerrada en fin. Sin embargo, hoy ya no hay que poner las manos arriba, no se quiere ese gesto, y no interesa quién descubra la espada, no importa quién lleve la copa, ni si desborda el vino, sino que el asalto, el asalto del fantasma y la noche, sucede sin encuentro ni pleito, sin contacto, sin quite ni pérdida que registre, sin cálculo, es como un robo que no se sabe, algo que se arranca o se cae. Pero si se roba a un fantasma, si se lo sorprende de día, si se hace la prueba de un robo al fantasma, sólo se obtiene la deshonra de correr el velo demasiado blanco, intocable, para encontrar debajo al fantasma “en carne y hueso”, pesadilla de Husserl, y entonces sí, sabemos, y sabemos bien lo que decimos con sabemos, lo que en verdad es la inseguridad. Esto es, lo que se ha llamado desde hace ya más de cuarenta años... la clausura del saber.
Un blanco móvil es un texto que cuando dice Nietzsche quiere decir Blanchot, y Blanchot no es simplemente Derrida, ni un modo de aclarar, o de esperar que se haga de noche para observar el juego de la metáfora nocturna; Blanchot está también para entender, para hacer eso prohibido, mal visto y nada invisible, entender de qué estamos hablando. Blanchot, bien citado, rebuscado y revisitado, confrontado, es un Kant nietzscheano. Laura Crespi lo cita sin perder de vista que no se trata de un colagge sino más bien de un colegge, de una escolástica imposible, profundamente amorosa, que no naufraga en discusiones puntillosas sino que se lanza a esa otra deriva de la desfundación, de la desobra, una suerte de deducción trascendental de los indecidibles, así de kantiano, sobre todo abrazando cada imposibilidad teórica con la misma fuerza con que se desvía la ilusión de lo necesario. Blanchot explica, se da entero a lo blanco y desaparece entre Crespi y Nietzsche, entre Colli y Descombes, entre ese pequeño Después de Nietzsche de Giorgio Colli, y Descombes, que escribió un librito que finalmente leímos todos, sin saber nunca qué tomar de allí, qué olvidar, qué repetir aparte de la influencia de los cursos de Kojeve en varias generaciones de franceses. Kojeve como padrastro del estructuralismo francés, padre hardcore que lastima con su presencia espectral la interpretación. Hay ahí el fantasma, una presencia que hiere, sin representación, la interpretación se sustrae a los sinsabores metafísicos de la presencia, la interpretación, esa nada, se impone sin valoración, sin decisión, es apenas un punto desde el cual ello ensaya el delirio de ser, al menos, o como máximo, un punto... de todos modos infinito, el mundo... escribe, Crespi, esa mujer, literatura himen tímpano huella, por los signos de los signos, ella...
¿Dónde aparece esto, dónde aquello, dónde vamos a encontrarlo? ¿Dónde aparece? El libro se deja extraviar para que todo lo que buscamos sea encontrado más tarde... o, si estamos en emergencia, si no podemos ir hasta la carne y el hueso del fantasma, si no queda más tiempo, descubrimos de un golpe que Un blanco móvil puede leerse como un I Ching sin el peso de la tradición; y no porque la tradición no entre en juego aquí, lo hace, pero sin esa pesadez, aquí la tradición no es juzgada y estigmatizada, sino apenas amada, visitada con el amor que no se explica, como ese amor que Nietzsche tenía incluso por el Dios muerto y el Crucificado que incluso llegó a ser. Ese amor a la tradición se refleja en las notas al pie, un festín de recorridos por lecturas de otros, y otras lecturas de lo mismo.
Estos párrafos que separo para tranquilizarme, los escribo en medio de los textos de Laura, a quien conocí hace cinco años, cuando fuimos adscriptos de Mónica Cragnolini, el más hermoso de todos los fantasmas que habitan este libro. Tengo partes enteras subrayadas de capítulos que no leí, sobre todo citas, notas al pie, fui enmarcando frases de Crespi que resplandecen en una sola línea, debajo de la cual, ahora, una nota a propósito de Derrida y su lectura del Fedro de Platón, nos hace pensar que estamos leyendo un libro que se ha escrito al revés. Si toda la filosofía –como se ha querido sugerir– no es más que una nota al pie de Platón, Crespi nos recuerda que esas notas falogocéntricas, la filosofía, son en todo caso recetas acumuladas en la gran farmacia de Platón, donde se agita la lógica de lo indecidible, volviendo a toda la tradición un conjunto de remedios-drogas-venenos que ahora mezclamos con otros brebajes.
Un blanco móvil es también un manifiesto en defensa de la escritura como ejercicio de resistencia, una impolítica de la escritura, una ética, un modo de indicar aquellos textos en donde acontece un por-venir, donde ese por-venir se anuncia. Y llegará de noche, como un ladrón, como un extranjero, como un huérfano o una mujer. Entonces, le daremos hospitalidad. Hospitalidad radical. De otro modo, regresaremos al interior de una lógica binaria de la exclusión y la negación del otro, como en las visiones de Kojeve dando Hegel. Como hasta ahora, siempre de regreso a la seguridad de lo mismo por lo mismo. Hasta que se haga de noche; y así otra vez la literatura, por los signos de los signos. Babel.
Laura Crespi, Un Blanco Móvil. Filosofía, literatura y metáfora, Buenos Aires, Santiago Arcos, 2009.
por Ariel Schettni
Si hubiera que ubicar este libro en una biblioteca sería problemático, porque es difícil decir a qué género pertenecen los libros que reflexionan sobre los géneros: ¿a la epistemología o a la antropología? La dificultad proviene del hecho de que para saber a qué género pertenece un libro debemos saber antes qué pensamos del género. Y un género que piensa lo que se piensa de los géneros es parte de esas vueltas o rizos del lenguaje que lo vuelven al borde de lo imposible o de lo único que habría que pensar. Porque una vez que conocemos los géneros, conocemos casi todo del libro. El libro de Laura, entonces, lo vamos a poner en la biblioteca al lado de esos textos imposibles, fuera de la previsibilidad que fluctúan entre existir y no. La enciclopedia de Tlon, la obra de Mallarmé, la obra de Herbert Quain, los poemas de Michaux, el libro de Laura Crespi… Es más, son libros que casi no existen y que sería mejor que no existieran porque ponen a todos los otros libros en la situación paradojal de cuestionar su realidad.
Desde las páginas de Un blanco móvil Crespi cuestiona entonces todos los libros, porque su libro es un pequeño manual para encontrar un lugar desde donde leer.
Una posición. Su posición es tirar de un hilo: la metáfora.
Si la metáfora es el tropo que mejor define lo literario, si ocupa el lugar de lo literario casi con plenitud, quizás no es tanto por su capacidad de construir monstruos, sino porque la pregunta que plantea la metáfora está, como no podría ser de otro modo, fuera de la literatura, o hace de cualquier escritura un texto literario. Y eso ocurre porque, como sabemos, la metáfora es otro modo de preguntarse la pregunta filosófica por antonomasia: “¿qué es?”
Y si la metáfora acecha detrás de toda pregunta por el ser, entonces la literatura está fuera de la literatura y la filosofía entonces tiene un lugar en el que se la puede pensar: un puro texto. De allí que las preguntas que se hace Crespi queden flotando en un lugar pleno de vacío: ¿Puede ser la filosofía reducida a un poema triste, es decir, a una poesía sin pathos, sin estilo, sin metáfora, sin ser? ¿Puede ser la filosofía un género expresivo? O del otro lado de la contienda: ¿De qué habla la literatura si no por medio de metáforas, de eso que es? Y si la Filosofía es el género del lenguaje que se pregunta por la verdad, por la realidad y por el ser, ¿porqué cuando habla se conforma con usar, en el sentido más servil de la palabra, la metáfora como un mero “parecer”? ¿Por qué, si busca el sentido último de un objeto o de un hecho, y cuando piensa su propio uso del lenguaje, lo reduce a un mero instrumento?
Acosada por su propia maquinaria, como en el mundo postatómico de Heidegger, enfrentada como si la filosofía fuera una definición de hombre y la metáfora la de un Terminator, (perdón por la metáfora), la filosofía se refugia en “su” campo, en “su” materia. Sin percibir que su campo y su materia son, desde ya, una metáfora. Porque cómo nos podríamos acercar a ella sin que nos queme con la pregunta más lacerante que nos hace Laura: ¿Qué es la filosofía? ¿Y cómo nos va a responder alguien la pregunta si no es con una metáfora? La metáfora siempre nos acecha detrás de la pregunta: ¿qué es…” Llevada, ella también, por sus Virgilios, (Mallarmé, Nietzsche, Derrida y Blanchot), Laura nos introduce en el mundo en el que metáfora, estilo y poesía, ya no son territorios seguros de llegada, sino, antes bien la zona oscura de una pregunta que no puede dejar de formularse paso a paso o a cada paso no dado, o en un camino que se borra a cada paso dado. En su libro metáfora, estilo y poesía no son respuestas pero tampoco son preguntas, son prolegómenos. Son, en todo caso, la pregunta por la posibilidad de preguntarse algo como “¿qué es?...”
En el origen de la pregunta hay un dios o genio maligno o varios dioses o genios. Esos que llamamos “yo” a cada palabra y que nos engañan haciéndonos creer que sí hablamos, que sí podemos nombrar al mundo. Por eso Laura nos explica que si hay un estilo, es porque hay varios mundos posibles. Varias vidas en la vida, da a luz el privilegio femenino de saber que en una vida hay varias vidas. Y en el estilo la sombra siempre vigilante, la ilusión que nos carcome y que nos dice que debe haber un yo. A lo que Laura pregunta: ¿Dónde termina el estilo y empieza el género? Es otro modo de decir dónde empieza y termina el cuerpo. O por ejemplo: ¿Qué es la autobiografía, el fragmento, el aforismo en Nietzsche? No importa la respuesta, porque la pregunta se formuló. Ojalá no la hubiera formulado… ojalá este libro no existiera y pudiéramos navegar en las aguas mansas del sentido común que nos dice que no demos un paso más allá de lo que se nos presenta como claro y distinto, que no vayamos a las aguas turbulentas de la poesía que, como una fiera voraz, está dispuesta a tragarse cada porción del lenguaje que le damos hasta que nos devore completamente. Pero está acá.
No se lo puede pasar por alto… Para teñir nuestro pensamiento de un método cuya gesto máximo es una sospecha fundamental y el gesto filosófico fundamental. Decir: no sé ni lo que piensa la filosofía ni de qué habla la literatura. Para encontrar en esa sospecha el espacio en blanco, el mundo vacío que nos somete a la deriva de una búsqueda infinita. Para resolver nuestro lugar en el lenguaje en un puro azar que es también un espacio siempre divergente. Para arrastrarnos hacia esa “noche” esa “toda noche” que la autora nombra, en la que a veces vemos titilante la llama efímera de un libro como éste, que antes de que nos acerquemos demasiado, se apagará del todo y nos devolverá nuevamente a la oscuridad del origen.
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La metáfora que acecha, por Federico Donner
Diario La Capital de Rosario
Domingo 4 de octubre, 2009.
La tradición que en nuestros días mencionamos con el amplio nombre de metafísica de la presencia intenta borrar su origen metafórico. La filosofía, denuncia Derrida leyendo a Nietzsche, ha procurado erigirse en la única forma discursiva que detenta el privilegio de decir el ser, de modo serio, transparente y sin mediaciones. Esta pretensión de pureza y unidad del sentido lleva a la filosofía a enfrentarse con su propio destino de palabra escrita, que la ubica en una peligrosa vecindad con la literatura y de cuyas consecuencias se han ocupado durante el siglo XX pensadores como Maurice Blanchot y Jacques Derrida.
A través entonces de la noción de escritura, el ensayo Un blanco móvil, de Laura Crespi, constituye un intento de llevar a cabo la imposible tarea de habitar aquellos espacios intermedios, zonas de indecidibilidad, que desgarran los tejidos de la literatura y de la filosofía. Reconocer que la frontera que separa y vincula a ambas se vuelve borrosa no implica tanto decir que la filosofía es literatura o viceversa, sino que se trata más bien de una dislocación que bloquea las definiciones esencialistas de ambas.
La filosofía se rebela contra su origen metafórico que no puede dominar y que escapa a sus intentos de conjurar tamaña ambigüedad y polisemia. Si la filosofía se sirve de la literatura para su propia empresa, esto no puede ser aceptado en términos duales, es decir, bajo la distinción de lo fundamental y lo accesorio, del contenido y la forma.
La filosofía en tanto superficie intertextual, escritura, no puede desembarazarse de su fecundación literaria, sobre todo debido a su dependencia de la metáfora solar. El heliocentrismo (padre del logofonofalocentrismo) es la metáfora de las metáforas, la luz que irradia la presencia del ser y que sin embargo, como toda metáfora, no deja de remitir a otro significante, lo que hace estallar la pretendida unidad del sentido en una polisemia infinita (indefinida) y muestra que los conceptos primeros no son sino figuraciones veladas.
Este sinsentido co-originario que acecha a la filosofía la acerca a la literatura, que se define como carente de toda esencia. La literatura es ese espacio donde el acto de nombrar constituye la muerte y la ejecución de la cosa nombrada, pura cadena de significantes montadas sobre funciones que reabren las nociones de autor y de obra.
La experiencia deconstructiva que propone Crespi no sólo ataca la distinción (y la indistinción) entre filosofía y literatura. Se trata de operaciones de desmontaje en el interior mismo de ambos campos. De este modo, y a partir de Nietzsche y de Mallarmé, de Blanchot y Derrida, la escritura se transforma aquí en un ritual que, lejos de ser consagratorio, vuelve imposible la fijación del sentido, hace desaparecer a la noción de autor y despoja a la obra de su carácter de actividad productiva.
La mitología Blanca
Diario Perfil. Domingo 28 de junio, 2009.
por Luis Diego Fernández
En una de las páginas de Un blanco móvil. Filosofía, literatura y metáfora, Laura Crespi señala lo siguiente: “El filósofo escribe negando que lo hace, intentando reparar e interiorizar esa pérdida que la escritura rompe”. Esa negación del acto escriturario, tan evidente en la historia del pensamiento -de Platón a Husserl- que siempre ha colocado a la voz en un lugar de privilegio por sobre la escritura -la traza, la marca, la huella- es como el estigma de la filosofía.
Lo lúcido -y lúdico- del libro de Laura Crespi es también su racionalidad firme. Eslabonado en tres partes nítidas -metáfora, estilo y poesía-, el texto se zambulle en un linaje que Jacques Derrida pondría en el centro del tablero de la filosofía contemporánea. El cruce del discurso filosófico con el literario ha sido la consecuencia de una querella ontológica: la superioridad del concepto o la idea por sobre la metáfora. La pretensión de verdad por sobre la ficción deliberada. Pero esta tensión o lucha se resuelve vía Nietzsche: si no hay verdad y sólo restan interpretaciones, ergo, la filosofía está desnuda. La filosofía queda al descubierto en tanto género literario, uno más. De ahí que Nietzsche haya sido el experto en la multiplicidad de formas: ensayo, poema, aforismo, mito, fragmento o autobiografía.
Un blanco móvil de Laura Crespi tiene plena conciencia de este planteo y lo lleva a cabo con brillantez. En este aspecto la lucha de Platón contra los poetas y el arte -su desprecio- o bien la superioridad de la voz -fenomenológica- por sobre la escritura -asociada con la ausencia de memoria o la masturbación en el caso de Rousseau- se revela como un signo, uno más, de la naturaleza metafórica de la filosofía. La filosofía, señala Derrida en La mitología blanca, ha querido desde siempre ocultar, no iluminar, su nacimiento metafórico. Esto es, su necesidad de vehiculizar un sentido a través de otro, de velarlo. Lejos de ello, la filosofía se asienta sobre un mito blanco y occidental: la razón. Las tensiones entre filosofía y literatura son, entonces, la consecuencia de este encuentro. Algo que Laura Crespi desmonta y pone sobre la superficie.

























































































































































































































































