Laura Crespi, Un Blanco Móvil. Filosofía, literatura y metáfora, Buenos Aires, Santiago Arcos, 2009.
por Ariel Schettni
Si hubiera que ubicar este libro en una biblioteca sería problemático, porque es difícil decir a qué género pertenecen los libros que reflexionan sobre los géneros: ¿a la epistemología o a la antropología? La dificultad proviene del hecho de que para saber a qué género pertenece un libro debemos saber antes qué pensamos del género. Y un género que piensa lo que se piensa de los géneros es parte de esas vueltas o rizos del lenguaje que lo vuelven al borde de lo imposible o de lo único que habría que pensar. Porque una vez que conocemos los géneros, conocemos casi todo del libro. El libro de Laura, entonces, lo vamos a poner en la biblioteca al lado de esos textos imposibles, fuera de la previsibilidad que fluctúan entre existir y no. La enciclopedia de Tlon, la obra de Mallarmé, la obra de Herbert Quain, los poemas de Michaux, el libro de Laura Crespi… Es más, son libros que casi no existen y que sería mejor que no existieran porque ponen a todos los otros libros en la situación paradojal de cuestionar su realidad.
Desde las páginas de Un blanco móvil Crespi cuestiona entonces todos los libros, porque su libro es un pequeño manual para encontrar un lugar desde donde leer.
Una posición. Su posición es tirar de un hilo: la metáfora.
Si la metáfora es el tropo que mejor define lo literario, si ocupa el lugar de lo literario casi con plenitud, quizás no es tanto por su capacidad de construir monstruos, sino porque la pregunta que plantea la metáfora está, como no podría ser de otro modo, fuera de la literatura, o hace de cualquier escritura un texto literario. Y eso ocurre porque, como sabemos, la metáfora es otro modo de preguntarse la pregunta filosófica por antonomasia: “¿qué es?”
Y si la metáfora acecha detrás de toda pregunta por el ser, entonces la literatura está fuera de la literatura y la filosofía entonces tiene un lugar en el que se la puede pensar: un puro texto. De allí que las preguntas que se hace Crespi queden flotando en un lugar pleno de vacío: ¿Puede ser la filosofía reducida a un poema triste, es decir, a una poesía sin pathos, sin estilo, sin metáfora, sin ser? ¿Puede ser la filosofía un género expresivo? O del otro lado de la contienda: ¿De qué habla la literatura si no por medio de metáforas, de eso que es? Y si la Filosofía es el género del lenguaje que se pregunta por la verdad, por la realidad y por el ser, ¿porqué cuando habla se conforma con usar, en el sentido más servil de la palabra, la metáfora como un mero “parecer”? ¿Por qué, si busca el sentido último de un objeto o de un hecho, y cuando piensa su propio uso del lenguaje, lo reduce a un mero instrumento?
Acosada por su propia maquinaria, como en el mundo postatómico de Heidegger, enfrentada como si la filosofía fuera una definición de hombre y la metáfora la de un Terminator, (perdón por la metáfora), la filosofía se refugia en “su” campo, en “su” materia. Sin percibir que su campo y su materia son, desde ya, una metáfora. Porque cómo nos podríamos acercar a ella sin que nos queme con la pregunta más lacerante que nos hace Laura: ¿Qué es la filosofía? ¿Y cómo nos va a responder alguien la pregunta si no es con una metáfora? La metáfora siempre nos acecha detrás de la pregunta: ¿qué es…” Llevada, ella también, por sus Virgilios, (Mallarmé, Nietzsche, Derrida y Blanchot), Laura nos introduce en el mundo en el que metáfora, estilo y poesía, ya no son territorios seguros de llegada, sino, antes bien la zona oscura de una pregunta que no puede dejar de formularse paso a paso o a cada paso no dado, o en un camino que se borra a cada paso dado. En su libro metáfora, estilo y poesía no son respuestas pero tampoco son preguntas, son prolegómenos. Son, en todo caso, la pregunta por la posibilidad de preguntarse algo como “¿qué es?...”
En el origen de la pregunta hay un dios o genio maligno o varios dioses o genios. Esos que llamamos “yo” a cada palabra y que nos engañan haciéndonos creer que sí hablamos, que sí podemos nombrar al mundo. Por eso Laura nos explica que si hay un estilo, es porque hay varios mundos posibles. Varias vidas en la vida, da a luz el privilegio femenino de saber que en una vida hay varias vidas. Y en el estilo la sombra siempre vigilante, la ilusión que nos carcome y que nos dice que debe haber un yo. A lo que Laura pregunta: ¿Dónde termina el estilo y empieza el género? Es otro modo de decir dónde empieza y termina el cuerpo. O por ejemplo: ¿Qué es la autobiografía, el fragmento, el aforismo en Nietzsche? No importa la respuesta, porque la pregunta se formuló. Ojalá no la hubiera formulado… ojalá este libro no existiera y pudiéramos navegar en las aguas mansas del sentido común que nos dice que no demos un paso más allá de lo que se nos presenta como claro y distinto, que no vayamos a las aguas turbulentas de la poesía que, como una fiera voraz, está dispuesta a tragarse cada porción del lenguaje que le damos hasta que nos devore completamente. Pero está acá.
No se lo puede pasar por alto… Para teñir nuestro pensamiento de un método cuya gesto máximo es una sospecha fundamental y el gesto filosófico fundamental. Decir: no sé ni lo que piensa la filosofía ni de qué habla la literatura. Para encontrar en esa sospecha el espacio en blanco, el mundo vacío que nos somete a la deriva de una búsqueda infinita. Para resolver nuestro lugar en el lenguaje en un puro azar que es también un espacio siempre divergente. Para arrastrarnos hacia esa “noche” esa “toda noche” que la autora nombra, en la que a veces vemos titilante la llama efímera de un libro como éste, que antes de que nos acerquemos demasiado, se apagará del todo y nos devolverá nuevamente a la oscuridad del origen.